domingo, 12 de mayo de 2013

Firma invitada... Cristina Padín.


… esos instintos…

 

… vivían en el bosque, entre el canto de los árboles y el aroma de las flores. Eran etéreas, suaves, dulces como la más bella de las palabras… cálidas en su sonrisa y bellas, hermosas…

Y, sin embargo, un buen día se armaron. No quiero decir que se armaron por ejemplo de paciencia, digo que se armaron, cogieron las armas. Una se hizo con un hacha, otra se aprovisionó de una escopeta…

Ignoraban que en su cabaña de madera hubiera tales utensilios, pero los había… y ellas se hicieron con ellos y muy pronto aprendieron su manejo.

Estas damiselas hablaban la lengua de los nómadas vividores bajo las estrellas y la Luna, amaban las cuerdas de una guitarra, bailaban sevillanas y adoraban el flamenco. Sonreían, felices atisbaban la vida y sus consecuencias, y poseían voz alegre…

Pero resultaron ser asesinas!

La más rubia de ellas no dudó ni un segundo en disparar un certero tiro a una mujerzuela a la que acusaban de plagio, feísimo acto! La más agitanada de todas apretó también el gatillo contra/sobre una muchacha engreída y presuntuosa, no podía aguantar sus constantes egolatrías y estupideces.

Y así, y así… unas con el hacha y otras con la pistola liberaron a la comunidad de estúpidas, de mujeres usurpadoras de novios de otras mujeres, de chicas envanecidas de una soberbia desproporcionada, de raterillas, de mozas falsas que faltaban a la palabra amistad… y luego, concluido el “trabajo”, se comieron unas manzanas rojas, cual Blancanieves, y marcharon juntas de paseo…

Entonces la pelirroja despertó… en su cama preciosa… y se dio cuenta de que todo había sido una pesadilla. O un sueño?

Y corrió junto a las otras a desayunar, contenta. Olía a café recién hecho, a dulces… a mañana bonita en la Naturaleza, a camaradería franca, y a verdad.

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